martes, 13 de enero de 2026

Maestro Del Juego


Philip Potdevin Segura
Cartagena, 22 de mayo 1992.
Blog
Biografia
Actualizado 01/13/2026
1
El Maestro regresó al salón, se detuvo ante la mesa, justo detrás de la silla de su oponente, como si quisiera colocarle una mano sobre el hombro para analizar juntos desde el mismo flanco del tablero la partida iniciada cuatro horas atrás. Tenía la figura cansada; el lomo encorvado por los hombros que se esforzaban en cerrar el arco trazado años atrás. La confluencia de brisas atlánticas y cantábricas le habían despeinado para siempre los mechones rojizos de su cabello grasoso. Los lentes escurridos sobre la nariz estaban empañados con un vaho de sudor y polvo. Fijó gravemente la mirada en la posición durante diez minutos y con un gesto imperceptible detuvo el reloj que separaba y demarcaba los campos enemigos. 

En ese momento Tatiana Simeonovna alzó la mirada del tablero, buscó sin afán el rostro apacible e inició una fracción de centímetro la quijada cuadrada en señal de reconocimiento del gesto último del maestro. Ninguno de los dos firmó la planilla de registro. En el tablero quedaban desperdigadas cuatro o cinco piezas que evidenciaban el agotamiento de un calculado final del alfil y caballo. El rey negro, empujado por huestes enemigas esperaba solitario en un escaque blanco la inevitable jugada final que ya para ese momento era innecesaria. 

Un muchacho se acercó a la mesa, inventarió apresurado los estragos y bajas de ambos ejércitos y sin mucha ceremonia regresó los trebejos a un estuche en pino donde quedaron mezclados de nuevo cara con cara los enemigos hasta hace unos momentos irreconciliables. Tatiana Simeonovna abandonó la sala después de detenerse ante el juez del torneo para expresarle unas frases de agradecimiento. El maestro se quedó un rato más en el recinto observando el tablero vacío, mientras comenzaban a apagarse las luces y el público desfilaba hacia la puerta de salida. Cuando salió de su letargo, se acercó a la mesita auxiliar en la parte posterior del escenario para recoger dos libros ajados que siempre le acompañaban, El Arte Y Ciencia De la Guerra de Von Clausewitz y un grueso volumen con las obras completas de Kawataba. Recogió además una funda de cuero a medio llenar con picadura traida de Londres por su analista y amigo Lanz Petrow y una vieja pipa herencia de su padre. Era una hermosa talla danesa con cazoleta de Meerschaum, único recuerdo que su madre conservó de aquel oficial alemán y que ahora el maestro fumaba nervioso durante todas las partidas, ante las protestas de sus adversarios y los ruegos impotentes de los jueces. 

Nadie se acercó al maestro. Solitario en la penumbra, encorvado sobre el bulto de libros que metía bajo el sobaco, parecía ajeno a todo lo que le rodeaba. Su rostro no mostraba ni tristeza ni preocupación. El ceño fruncido marcaba dos líneas gruesas en su frente y le daba el aspecto feroz que lo vestía de adusta solemnidad. Detrás de los lentes de aros metálicos tenía los ojos zarcos, empequeñesidos por la miopía. La barba de color canela y espesa, la llevaba a la usanza de la segunda mitad del siglo XX, pero sin cuidar. Vestía casi siempre camisa escocesa verde y azul, pantalones de pana lustrosos, raídos en el asiento y sandalias de cuero sobre unas medias gruesas de lana. 

El maestro prendió la pipa, lanzó una bocanada de humo hacia arriba y se encaminó lentamente hacia la salida, sin despedirse de nadie ni voltear a mirar a dos o tres organizadores que lo observaban desde lejos, con respeto y en silencio. Salió del auditorio, subió por la calle séptima sin afán, se detuvo dos veces a curiosear ante las vitrinas iluminadas y enrejadas de las librerías del costado izquierdo de la calle y continuó su camino en busca de la carrera décima. Al llegar ahí, dobló a la derecha y siguió caminando, con paso más ligero hasta llegar a la Gran Avenida, la cruzó despreocupado y buscó dos cuadras más abajo la calle empinada y empedrada, subió hasta el final de la misma y llegó a la casa donde tenía alquilada la buhardilla en la que vivía desde que llegó a la ciudad. Empujó la puerta ajustada, traspasó a oscuras el zaguán, cruzó el patio central y al llegar al solar giró automáticamente a la izquierda y tanteó con su mano derecha la baranda buscando apoyo para subir las escalas de madera que conducían a su habitación. Entró y tiró de la cadenita para encender la bombilla de 40 watios que iluminaba el cuarto. Se sacudió las sandalias antes de recostarse en el nido cubierto de mantas desordenadas, prendió el tocacintas en el que siempre tenía colocado el cuarteto "Kaiser" in C Major de Haydn y abrió por última vez el libro de Von Clausewitz, en el apartado de las capitulaciones. 


2
Francisco Del Carmen García Kiesseritzky nació en la Coruña el 16 de Julio de 1937. Su madre colaboraba en un hospital del ejército nacionalista en Sevilla y allí conoció al oficial de la Luftwaffe de la Legión Del Cóndor convaleciente de una herida recibida en una incursión aérea a Madrid.
El alemán regresó a su base en Bremen y nunca volvió a saber de la enfermera  ni de las consecuencias de su encuentro en el hospital. Al saberse embarazada Carmen García recibió permiso para volver a su pueblo y allí dio a luz una criaturita blanca y frágil. El cura del pueblo bautizó al niño con aquel nombre heroico y como muestra de gratitud hacia los alemanes, aceptó colocar en la partida de bautismo el apellido prusiano detrás del García, en solidaridad con la legión por salvar España de los rojos. Mientras crecía el niño, de tanto escuchar a su madre hablar con orgullo de la sangre aria que corría por sus venas, se interesó desde muy pronto en adoptar alguna característica de su padre a quien conoció en una foto sepia, ajada y autografiada al reverso. Por eso no se hizo difícil aprender alemán.
Lo logró, pero no de boca de su madre quien nunca articuló más de dos o tres frases; fue Otto Hoffman su maestro, un viejo pescador oriundo de Kiel y lisiado de la Gran Guerra, quien llegó a la costa gallega huyendo de la miseria alemana de la post guerra y en busca de vientos y lluvias que le recordasen su puerto natal. Otto le enseñó los principios del juego en un tablero desportillado, con piezas burdas que el mismo había tallado en boj de Aquitania. Todas las tardes, después de la siesta, Francisco se acercaba hasta el cuarto sucio  y mal iluminado que el viejo tenía en una pensión cerca del muelle. Aprendió primero el juego y luego el idioma poco después. Se rehusaba que Otto le hablará en español áspero que este farfullaba y lo obligaba a dirigírsele todo el tiempo en alemán. Más adelante el viejo le presto una edición descuadernada e incompleta del Fausto y otra con poemas de Holderlin en las que terminó de pulir los conocimientos del idioma.

Quince años después del día en que Otto lo sentó por primera vez ante el tablero, Francisco se embarcó en un pequeño buque de cabotaje para Bilbao y allí abordo el vapor que lo traería primero a Cuba, luego a Veracruz y por ultimo a Buenaventura. El único libro que trajo consigo fue una edición alemana con la obra de Von Clausewitz, que Otto metió debajo de su brazo el día que salió a despedirlo.
Desembarcó el 9 de Noviembre de 1958, y no volvió a subirse jamás a un barco, hastiado de la escasez de agua, el mareo y el olor a salitre que impregnaba todos los rincones de su camarote. En el puerto tomó el primer tren para Cali a donde llegó un domingo a las 7 de la noche. Subió a un taxi que encontró  frente a la estación y le pidió que lo llevara  al Hotel Savoy de la carrera primera.   
Se lo recomendó un compañero de viaje que conoció en el trayecto desde Veracruz, un comerciante en maderas que tenía aserraderos en el Chocó y viajaba una vez al año a México a traer maquinaria. Al llegar al hotel, Francisco se presentó ante Doña Estela, administradora y propietaria del hotel, le comentó quien lo había remitido y le informó que pensaba hospedarse mientras se ubicaba en la ciudad. Ahí duró dos meses hasta cuando encontró la buhardilla en San Cristóbal en una casa amplia y solariega de una viuda cuarentona. El único oficio que logró ejercer, en medio de grandes dificultades económicas y en periodos intermitentes y demasiado espaciados fue la enseñanza del alemán que dictaba a pequeños grupos de germanófilos de la ciudad. En gran parte dependía su subsistencia de la buena voluntad de sus más allegados amigos y de un giro anónimo que de tarde en tarde aparecía en el Banco De España y América Latina.  


3
Antes de dedicarse por completo al arte de Caissa, el maestro García Kiessseritsky logró la destreza en otras disciplinas lúdicas, de mayor o menor complejidad, pero todas rodeadas de la exótica aurea que siempre cubría sus actividades. El viejo Otto lo inicio en su infancia en los secretos del Wei Chi, conocido en Japón como Go. También le enseñó el Mahjong chino y el Dara de Nigeria. En una temporada en Buenaventura, aprendió de un negro que decía ser descendiente directo de una tribu de Dahomey, el misterioso Wari de las treinta y seis semillas. Aprendió también, no recordaba en donde, los principios del Pallanguzhi de Ceylán. Su mayor orgullo, afirmaba el maestro, era el haber obtenido de manos de Joseph Knecht, la Orden Castálica de Magister Ludi  en el arcano juego de abalorios. Nadie lo vio nunca jugar una partida y el no hacía mucha ostentación del título, salvo entre el circulo de sus únicos amigos: Ignaz, Ceci y el Padre Hermann, de la Capilla alemana de Sankt Michael de Bogotá, que en sus viajes a Cali le buscaba ansioso y con quien trenzaba las más feroces discusiones sobre demonología, ateísmo y egiptología.

En el único juego que competía abiertamente era en ajedrez. Su consagración la logro en un torneo nacional en Popayán, poco después de llegar al país. Allí se enfrentó contra los maestros Miguel Cuellar GacharnáLuis Augusto Sánchez y Boris de Greiff, a los que derrotó sin complicaciones, pero perdió o entabló contra adversarios desconocidos de poco peso. Finalizo en el tercer puesto y de inmediato se ganó el respeto de todos y el titulo honorario de maestro. Pero no volvió a jugar en torneos nacionales. Sus participaciones a nivel local eran cada vez más deplorables y su juego, táctico y vistoso, fue perdiendo contundencia. Comenzaban a escapársele las combinaciones, olvidaba las innovaciones más recientes de las aperturas, perdía el hilo en las estratagemas y erraba con frecuencia al definir el correcto plan táctico. Los finales los perdía en minutos después de construir durante horas una posición ganadora.  

4
Cuando el maestro descubrió ese 14 de Febrero de 1987 que el día siguiente, en la última partida del torneo, debía enfrentarse a Tatiana Simeonovna sintió un vacío en el estómago y la sangre se le bajo a los pies. Lo atribuyo a estar en ayunas –es más, pensó- creo que anoche no probé nada ates de acostarme. Omitió el pensar en comida y se concentró en la partida. El resultado poco cambiaba la tabla de posiciones pues desde las primeras rondas había perdido la posibilidad de quedar entre los primeros. En la penúltima ronda había perdido la posibilidad de quedar entre los primeros. En la penúltima ronda marchaba junto a Tatiana Simeonovna en el último lugar, ambos con dos puntos solamente. El resultado de la partida determinaría quien se quedaba con el último puesto. Una cuestión de honor. Para el significaba mucho más. El maestro conocía  de oídas a Tatiana por haber visto su nombre en varios Torneos, pero nunca se había enfrentado a ella. Sabia, por comentarios escuchados de algunos contertulios de la Academia, que Tatiana estaba casada con un colombiano que conoció en la Universidad de Kiev, que su madre, también jugadora, había competido y logrado alguna fama dentro de la Unión Soviética. El maestro trató de recordar rápidamente con fastidio que mujeres jugadoras tenían asiento en su memoria. Las campeonas del momento le producían un malestar inexplicable y solo logro evocar con facilidad a Miss Vera Menchik (en las fotos de torneos nunca vio retratada su imagen) y una vez definidos los contornos del rostro en su imaginación, trato de trasladarlos a una hipotética apariencia de Tatiana Simeonovna. El resultado fue la imagen de una mujer de edad indefinida entre veinticinco y cuarenta y cinco años, la cara con poco o ningún arreglo, los ojos pequeños, grises y tristes, el cabello castaño claro, casi rubio. Al cabo de unos segundos abrió los ojos y vio la mujer parada enfrente de él, mirándolo a la cara von una sonrisa cálida, casi maternal. Pero no era Tatiana Simeonovna y mucho menos Miss Menchik. Era Ceci, a quien no veía hacía más de seis meses. Ceci se le acerco, lo tomo del brazo para sacarlo del pensamiento profundo en que se hallaba y le soltó a boca de jarro, como si le hubiera dejado de ver hace solo un par de horas: -Debes tratar de comer algo, Francisco. ¡Estas con una cara!  

El maestro se sobresaltó, ante la sorpresa de la materialización de imágenes frente a sus ojos, escudriño detrás de los lentes para identificar a su interlocutora y logro articular, saliendo del estupor con la misma naturalidad con que lo habían abordado: -Ah, ¡Ceci! Fíjate con quien juego mañana. Una Tal Tatiana Simeonovna Zvorykina. Con ese nombre debe derrotar a la mitad de sus contrincantes antes de iniciar las partidas. Si juega Peón de Rey ya sabes que apelare a la única defensa en la que no he perdido la fe: La Alekhine.

Ceci lo miro con ternura y se lo llevo haca la cafetería del auditorio para obligarlo a probar al menos un bocadillo con café. Al sacudirlo de su inmovilidad, se esparció por el pacillo un fuerte olor a miel quemada de picadura Cavendish, precedido del repugnante almizcle de brea de pipa y del fuerte olor a sudor seco y apelmazado atrapado debajo de la chaqueta desgastada de bluyín, de la camisa escocesa a cuadros rojos y verdes y de la franela amarillenta y semipodrida que le cubría las costillas y el pecho enjuto. El maestro se dejó guiar como un niño por Ceci. Llegó hasta el mostrador de la cafetería y dejó que Ceci ordenara lago. Engullo sin ganas un pastel frio de carne y antes que Ceci comenzara a preguntarle lo de siempre, abrió el libro de Von Clausewitz y se concentró en el capítulo de la defensa. Ceci lo observó en silencio y lo dejó leer tranquilo, se paró de la mesa y sin despedirse dio media vuelta y salió, sin remordimientos ni sorpresas, del edificio.        

5
 La gran expectativa del torneo se centraba alrededor de las dos partidas que definirán los primeros puestos y que a la vez otorgaban media norma para el título nacional. A los coleros los pusieron en una mesa en la parte posterior del escenario, donde no obstruyeran el seguimiento de las partidas centrales. El maestro llegó a la partida cinco minutos antes que el juez pusiera en marcha el reloj. Tatiana Simeonovna aún no aparecía en el salón de juego y los demás jugadores ya se encontraban listos para dar inicio a sus partidas. El maestro se sentó y abrió el libro de Von Clausewitz en el capítulo de la metamorfosis de la guerra en juego. No se percató en que momento llegó Tatiana. Se sentó, puso en marcha el reloj y adelanto el peón de Rey. Cinco minutos después el maestro se enteró de la presencia de su contrincante y movió automáticamente su Caballo para trabar la anunciada Defensa Alekhine. La Apertura se desvió por variantes oscuras y poco explotadas por la teoría y pronto las Blancas lograron sacar una leve ventaja de la apertura.

El maestro empezó a trazar su plan para el medio juego. Hizo un balance de la posición y comenzó por calcular las posibles variantes de contraataque en el Flanco de Dama. Revisó detenidamente las debilidades que su estructura de peones presentaba ante la amenaza de un ataque directo a su enroque. Trazó en su mente como podía agrupar sus fuerzas tras la columna abierta y vio con claridad como al final de la combinación energía una posición diáfana en la que Tatiana le abría las puertas de su fortaleza para invitarle a seguir y trenzar allí, en sus predios, la lucha que había iniciado treinta años atrás cuando sentado en un banco rustico de la pieza de Otto, exploraba con el viejo las recónditas posibilidades del juego persa. El mismo juego que en el Nuevo Mundo le deparaba tantas emociones también lo sumía en profundas depresiones de las que solo lograba escapar barriendo colérico de un manotazo las piezas de su tablero de análisis y recordó la lección que le dejo para siempre su único mentor y tutor, el viejo Otto, quien le enseño a desconfiar siempre de aquel ser contrario y opuesto a la naturaleza del hombre, único responsable de las tribulaciones y amarguras de guerreros, juglares y ascetas, aquel ser despreciado por Platón, Schopenhauer y por toda la lista de misóginos célebres. En la medida que se adentraba en las complicaciones del medio juego el maestro perdía la concentración y aparecía luchando mentalmente contra su destino solitario, inicuo, alejado de las emociones que en su interior luchaban por salir. La partida continuaba lentamente, el medio juego se complicaba y de pronto el maestro se vio abocado a un inesperado final de piezas menores en donde él sabía que llevaría la peor parte. Recordó a su madre, de quien no tenía noticias hacía más de un año, hablándole de lo guapo que se veía su padre el día que salió del hospital con su uniforme de la Lufwaffe y el sitio en el pecho para una medalla de héroe cuando regresara a Alemania y de pronto Ceci, rotunda, protectora, pendiente siempre de cuidar su ropa, de pasar de vez en cuando por la buhardilla, sacudir el mugre y ordenar el caos de libros, revistas y juegos que invadía cada rincón del cuarto. Ceci, inquisidora de su vida privada, pero distante y elusiva. Ceci sentada en la primera fila del auditorio mirando con tristeza como la posición del maestro se derrumbaba sin remedio ante la fuerza avasalladora de esa mujer tanque, aplastando con sus orugas la débil cadena de peones que salvaguardaban al rey en su último refugio y la rusa mirando impasible el tablero mientras la figura del maestro se descomponía en su silla, el ceño se le arrugaba y la mirada ofuscada despedía ese odio intenso ante el sino fatídico que la partida ya tenía.  

De repente el maestro se puso de pie, a pesar de ser su turno para jugar y se alejó de la mesa en dirección opuesta del sitio donde jugaban la partida. Allí estuvo parado cinco minutos, mirando al vacío y tratando de encontrar en el tablero mental la última escapatoria para salvar la partida. Sus ojos repitieron una vez más la variante, siguiendo el caballo hacia el flanco izquierdo del tablero y allí se encontraron con la mirada de Ceci, que desde la silla lo miraba intensamente, tratando de decirle desde su silencio que la partida estaba decidida, que era inútil más lucha. El maestro no la vio, continuo en su Caballo dando saltos angulares y vio cómo se cristalizaba de pronto la imagen que se le había escapado inexplicablemente, la única solución posible a la encrucijada en que consciente pero inexorablemente se había metido. Ya no importaba más, ni Ceci ni Tatiana, ni Otto con sus sabios concejos; el maestro avanzo lentamente hasta la mesa, guardando un cuidadoso equilibrio como si caminara al borde de los acantilados de Finisterre y se detuvo detrás del bloque cuadrado de los hombros de Tatiana Simeonovna. La jugadora meditaba imbuida en el tablero, ajena a la presencia del oponente a sus espaldas. El maestro examinó por encima de aquel bloque granítico la posición representada en el tablero y le dio gracias a Von Clausewitz por iluminarle en este difícil momento. Hizo el esfuerzo por erguir su espalda y se mantuvo firme hasta cuando los acordes del segundo movimiento del Kaiserquartette terminaron las notas del himno imperial. Una sonrisa empezaba a esbozarse en sus labios. La tranquilidad le invadía el espíritu.
  

Tomado de la edición de Lecturas Dominicales, 9/27/1992

L.Yarosh
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